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Homilías

HOMILÍA EN EL XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

octubre 04, 2020

«La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular»

 

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

A los que se encuentran aquí en nuestra Catedral Corpus Christi, sede de nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla, y quiero saludar a tanta gente que sigue esta celebración, tanto dentro de este territorio arquidiocesano como de distintos lugares de la República Mexicana y también en el exterior, a todos les deseo la paz del Señor, les deseo que Dios uno y trino los llene de sus bendiciones.

Hoy la primera lectura y el Evangelio tienen una relación muy estrecha, porque nos hablan de un viñedo. La parábola del Evangelio es muy sencilla, y seguramente se les grabó a ustedes, lo importante es desentrañar el significado y también aplicarlo para nuestra vida. Tenemos al dueño del viñedo, que lo arregla de una manera muy hermosa, pone una torre, pone una barda, pone muchos detalles para que todo esté excelente y después lo renta, renta el viñedo, y hay ese acuerdo, los que trabajan en las tierras dicen: «Vamos a medias, cuando lleguen los frutos se hace la repartición». Y esta persona, el dueño, se fue de viaje y los dejó trabajar. Llegó el tiempo de la cosecha y envía a gente de su confianza para que entreguen los frutos, pero ¿cuál va siendo la sorpresa? Que se portan muy mal, porque a uno lo apedrearon y a otro lo mataron. Entonces, el dueño se da cuenta de esta realidad y envía a gente todavía más de su confianza, y sucede lo mismo, una reacción violenta. Finalmente dice: «Voy a enviar a mi hijo, a él sí le van a hacer caso», pero sucede lo contrario, que pensaron aprovechar la oportunidad y decir: «Nos podemos quedar como dueños con esta herencia», y lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Jesús estaba platicando esta parábola a lo sumos sacerdotes y a los ancianos y les dice: «¿Qué va a pasar cuando vaya el dueño? Pues va a hacer justicia». Pues fíjense que «la piedra que desecharon los constructores es la piedra angular». El dueño del viñedo es Dios; los que fueron a trabajar son el pueblo de Israel, en concreto los poderosos, los sumos sacerdotes, los ancianos; los que van a ver lo de los frutos son los profetas, porque los profetas van anunciar; y al que matan, al hijo, es a Jesucristo. Por eso, fíjense que esa palabra que dice «la piedra que desecharon los constructores es la piedra angular» es nada más ni nada menos que Jesucristo Nuestro Señor. Pero, ¿qué va a pasar después? Que a esa gente la quita y el viñedo lo ofrece a los paganos, lo ofrece a toda la humanidad, no solamente al pueblo de Israel.

Podemos nosotros pensar que esta parábola ya pasó hace 2000 años, ¿qué tiene que ver con nosotros? Mucho, porque nosotros somos invitados a trabajar en la viña del Señor, y lo más importante es dar frutos, ahí está la clave. Así como hace 8 días recuerdan también que el papá mandó a un hijo a trabajar a la viña y este le dijo: «Sí, sí, sí voy», y no fue; y al segundo le dijo que fuera y él dijo: «No quiero ir», pero se arrepintió y fue. Nosotros queremos trabajar en la viña del Señor, queremos dar frutos, y esos frutos son frutos de comunión, de solidaridad, de respeto, de apoyo, de fraternidad, eso es lo que el Señor quiere, que demos frutos.

Yo admiro mucho a las personas que a veces están cuidando en los asilos de ancianos, o personas que cuidan a indigentes o a migrantes, porque realmente están dando fruto, están ayudando al que necesita. En algunas ocasiones he platicado lo impresionante de la vida de la madre Teresa de Calcuta, que ella estaba con los últimos, después de su conversión, y cómo los que iban muriendo morían sonriendo, porque habían visto el rostro de Dios, pero también la madre Teresa veía el rostro de Dios en los enfermos, en los necesitados.

Que en esta Eucaristía nos preguntemos: ¿Qué frutos estamos dando? En la primera lectura se veía que el pueblo de Israel estaba dando frutos agrios, amargos. Cuando nosotros tratamos de ser amables, de apoyar, de vivir la fraternidad, la familia, estamos buscando dar frutos buenos en una sociedad tan compleja, donde a veces al prender la televisión vemos puras noticias negativas, de violencia, ¡eso no es dar frutos!, dar frutos es buscar, de una manera pacífica, de una manera respetuosa, tener un mundo mejor. Le pedimos hoy al Espíritu Santo que nos ilumine, nos fortalezca, para que vayamos y trabajemos en la viña del Señor, y demos frutos, y frutos abundantes. Así sea.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla