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Homilías

HOMILÍA EN LA CLAUSURA DEL SÍNODO DIOCESANO DE LA JUVENTUD.

octubre 28, 2017

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37).

 

Jesús responde sorprendiendo. ¿Cuál es el principal mandamiento? (Mt 22,36). Amar a Dios, porque Dios está por encima de nosotros y amarlo con todas las fuerzas. Lo sabía muy bien el pueblo de Israel. Pero Jesús eleva al mismo nivel “Amar a tu prójimo” (Mt 22,37). Lo que era simplemente considerado como una buena obra, como una condescendencia de parte de de un hombre justo y bueno, Jesús lo pone en el mismo nivel que amar a Dios.

Para poder entender y profundizar esta respuesta de Jesús, nos ayuda mucho recordar el pasaje del Profeta Isaías en el capítulo 45, en donde describe a Dios como un Dios escondido, al que no se le ve, con quien uno no puede encontrarse físicamente con Él. Un Dios, escondido sí, difícil de encontrar visiblemente, pero siempre presente y que acompaña al hombre y a su pueblo.

Dios sigue estando escondido. El único momento en que históricamente se ha dado a conocer es en la Encarnación de su Hijo Jesucristo. Ahí se manifestó el rostro misericordioso de Dios.

Dios sigue estado escondido, ¿por qué razón? ¿No sería mucho más eficaz que lo pudiéramos ver? Porque entonces nadie quedaría en la duda, ni habría incertidumbres, ni elucubraciones, ni especulaciones para tratar de demostrar que Dios existe y otros en negarlo. Nos respondería y resolvería un problema que ha acompañado a la historia de la humanidad durante siglos y lo seguirá acompañando hasta el final de los tiempos. ¿Parece que Dios se equivocó en su estrategia con nosotros? ¿O es que no nos quiere tanto y nos pone a prueba?

Tantas cosas que pudiéramos pensar, sin embargo Dios se esconde porque de otra forma no amaríamos a nuestro prójimo. ¿Quién se preocuparía del otro si ya tiene a Dios presente? Solamente escondido suscita en nosotros la necesidad de buscarle. Jesús lo afirmó claramente: “Yo estoy en cada uno de sus hermanos, yo estoy presente”. “Lo que le hagan al otro me lo hacen a mí” (Mt 25,40). “Si hacen el bien, me lo hacen a mí y yo daré cuentas al final de los tiempos diciendo: este es un siervo bueno y fiel que nos ama”.

 El Dios escondido es una estrategia magnífica, porque solamente así podemos descubrirlo a través del servicio y el amor a nuestro prójimo. Y ¿cómo poder hacer eso realidad, de qué manera?

La segunda lectura que acabamos de escuchar tomada de la carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses lo dice con gran claridad. Nosotros nos necesitamos de tal forma que solamente en comunidad, compartiendo lo que Jesús ha revelado, podemos descubrirlo y darlo a conocer.

Fíjense bien: “Hermanos, bien saben cómo hemos actuado entre ustedes para su bien” (1 Ts 1, 5 s). Pablo se entregó de lleno a la comunidad de Tesalónica.  Les dio ejemplo, les dijo cómo tenían que amar al prójimo en medio de un contexto mucho más adverso que el nuestro,- seguramente han visto alguna vez películas con escenas de la época de Roma, del Imperio romano-, la perversión, la degeneración, la esclavitud… hoy es cierto, hay otras esclavitudes, hoy hay otros ídolos, se parecen, e igualmente son desafiantes.

Pablo dice claramente a la comunidad: “Ustedes por su parte se hicieron imitadores nuestros y del Señor, en medio de muchas tribulaciones” (1 Ts 1,6). Es un testimonio de entrega generosa, total y absoluta para ayudar al prójimo.

Los problemas los vamos a tener siempre con nosotros, los conflictos y las dificultades son parte de la vida humana, porque los generamos nosotros mismos, a veces por inconciencia, por ignorancia o con clara intención de dañar: “Pero ustedes, a pesar de esas tribulaciones, dice San Pablo, y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la Palabra de Dios en tal forma que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya” (1 Ts 1,7).

Nos preguntábamos hace unos momentos en el diálogo, y también ayer, cómo poder transmitir lo que aquí estamos viviendo, qué debemos hacer para llegar a todos los jóvenes, incluso los más alejados y distantes.

San Pablo nos da la receta: “En ustedes partió y se ha difundido la Palabra del Señor, dando ejemplo a todos los creyentes de Macedonia y Acaya. […] y su fe en Dios ha llegado a ser conocida no sólo allí, sino en todas partes, de tal manera que nosotros ya no teníamos necesidad de decir nada” (1 Ts 1,6).

¡Qué hermoso llegar a esta experiencia! ¿Estarán dispuestos, a que yo, ya no tenga que decir nada para evangelizar? Y es que todo lo puedan ustedes comunicar con su testimonio de vida. ¡Así nació la Iglesia, así comenzaron las primeras comunidades, ése es el camino de nuestra renovación!

Por eso les decía: aislados jamás podremos, unidos en pequeñas comunidades y coordinadas entre nosotros, sí podremos. El sueño se hará realidad. Y podrán también decirle a los otros como dice San Pablo a la comunidad de Tesalónica: Porque los de Macedonia y Acaya ellos mismos cuentan: “De qué manera tan favorable nos acogieron ustedes y cómo abandonando los ídolos,- todo eso que hoy el mundo nos ofrece y que parece que es el camino del placer, del poder, del tener-, se convirtieron al Dios vivo y verdadero esperando en Jesucristo […]” (1 Ts 1,9).

Pongamos pues en manos de Jesús nuestras ilusiones, proyectos, sueños de tener una sociedad fraterna y justa que transmita la paz. Pidámoselo así al Señor Jesús en esta Eucaristía.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla