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Homilías

HOMILÍA EN LA MISA DE LA PEREGRINACIÓN DIOCESANA A LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS REMEDIOS.

octubre 07, 2017

“Apareció en el cielo una figura prodigiosa: una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas” (Ap 12,1).

 

Para adentrarnos y poder interpretar esta escena del libro del Apocalipsis es importante descubrir el simbolismo de esta visión. Qué significa cada uno de los personajes y en qué momento de la historia se ubica esta visión. Para esto último, basta recordar que el Apocalipsis es un libro escrito después de la venida de Cristo. Se ha consumado el Misterio de la Encarnación, y con ella inicia el proceso de la Redención. Cristo ha nacido de María, Cristo ha sido crucificado y el Padre lo resucitó al tercer día, manifestando que Dios está por encima de la muerte y tiene poder para vencerla, dando de nuevo la vida, y la vida eterna. Este es el tiempo en que San Juan comparte esta visión.

Por tanto, la escena y el mensaje está dirijido a nosotros, a los que vivimos después de la Encarnación, y que estamos luchando contra el mal presente, a veces con mayor intensidad y  que nos complica vivir nuestro discipulado y nuestro ser como comunidad eclesial. Está dirigida esta visión a entender la misión de la Iglesia en el mundo de hoy.

 ¿Y qué vemos en la visión? “Una mujer que estaba encinta, y a punto de dar a luz y que gemía con los dolores del parto (Ap 12,2), pero apareció también en el cielo otra figura: un enorme dragón color de fuego […] ” (Ap 12,3). El fuego que todo lo quema, lo aniquila;  “ […] con siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada una de las siete cabezas. Con su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Después se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo, en cuanto este naciera” (Ap 12,3-4).

La mujer representa a la Iglesia en esta visión. Es la Iglesia, somos nosotros los que tenemos la misión de hacer presente a Cristo, al Cristo pascual que anuncia vida en medio de nosotros. Y el dragón representa esta multiplicación del mal que explota en medio de nosotros y que se hace presente a veces con mayor intensidad, con violencia, con agresión y muerte; muerte a veces física y muerte a veces moral, que narcotiza, que enferma, que deprime, que hace perder la esperanza al ver tanto mal en torno de nosotros.

El dragón de fuego que todo lo pretende devorar, que no sólo barre con las estrellas del cielo sino que las arroja sobre la tierra. Después, dice, este dragón se detiene delante de la mujer que iba a dar a luz. El dragón está presente cada vez que nosotros nos esforzamos por hacer presente en medio de nosotros a Cristo pascual, al misterio de la presencia de Cristo; y ¿qué es lo que sucede? A pesar de todos estos ataques, adversidades y complejidades de la presencia del mal, dice la visión, la mujer dio a luz a un hijo varón, destinado a gobernar todas las naciones con fortaleza, con cetro de hierro, y su hijo fue llevado hasta Dios y hasta su trono.

La mujer huyó al desierto a un lugar preparado por Dios. Aquí estamos en el desierto ahora, en este momento, en el desierto que significa silencio, escucha, capacidad de escuchar a los demás y de escucharnos a nosotros mismos; pero sobre todo, de escuchar la Palabra de Dios que es Cristo, el Hijo que tiene que nacer para cada generación, para que redima y cumpla su misión que no es solamente haber nacido, haberse encarnado, sino redimir, salvar, rescatar, transformar, llenar de gozo y de esperanza, de alegría y de generosidad a cada uno de nosotros los miembros de la Iglesia, a romper ese miedo que da el haber caído como Adán y Eva en la primera lectura (Gen 3,10). Ese miedo de no afrontar la verdad, y por tanto, nos hace incapaces de asumir nuestra propia responsabilidad, buscando siempre echarle la culpa a otros y no a asumir la propia responsabilidad. Eso que escuchamos en la primera lectura del Génesis, Adán diciendo: la culpa fue de esta mujer que me diste tú. Tú tuviste la culpa al dármela, y ella por haberme inducido al pecado, a la desobediencia. Y la mujer a su vez: la culpa la tuvo la serpiente. Yo no tengo ninguna responsabilidad, castígala a ella, ella es la culpable.

Quizá también nosotros como Adán y Eva, por temor, decimos: el mal que está presente me induce, me tienta y me hace caer. La presencia del mal es la culpable de que nuestros hijos, adolescentes y jóvenes se droguen, entren a la esclavitud de la droga, que nuestros hijos, niños y jóvenes en lugar de ser aporte para el bien sean reclutados para la delincuencia organizada, y se dediquen a matar y dañar al prójimo. Que nuestros profesionistas que se preparan y se educan, caigan en la tentación de la corrupción, busquen su propio interés, y no el de la comunidad.

¿Quién tiene la culpa? El mal, el mal que está presente, ese dragón terrible de la visión apocalíptica. ¿Quién debe vencerlo? Sólo Cristo en medio de nosotros. Sólo esta Palabra que nos fortalece y nos hace capaces de manifestar al Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo nos conduce al desierto que genera nueva vida. Recordemos que el desierto en la Escritura, en el Antiguo Testamento, significa el lugar del encuentro con Dios, Padre amoroso. Es el lugar donde Dios estableció su primera gran alianza con su pueblo. Dios cuidó a su Pueblo, lo protegió y lo amó. En esta experiencia de encuentro con Dios Amor, venceremos el miedo y asumiremos personal y comunitariamente nuestra responsabilidad, y haremos presente a Cristo en el mundo de hoy.

Por eso hemos venido hoy aquí, como dice el Evangelio sobre María (Lc 1,39-56), la primera que afrontó el mal terrible de ver la injusticia de ser condenado a muerte y muerte de cruz, a ese hijo bueno, que se encarnó para darle vida al mundo. Ella visita a Isabel, ella movida por el Espíritu encuentra a alguien como ella para compartir la vida cristiana, la vida el Espíritu.

Hoy venimos aquí de cada una de nuestras Parroquias, de cada una de nuestras pequeñas comunidades en nuestras Parroquias, de cada una de nuestros movimientos apostólicos presentes en nuestras Parroquias. Venimos aquí todos como hermanos, siguiendo el ejemplo de María. Ahora nosotros la visitamos a ella, porque la reconocemos como Nuestra Señora de los Remedios que nos protege, nos custodia, nos acompaña, nos fortalece, porque nos entrega una y otra vez a su hijo que quiere redimirnos, a su Hijo que quiere rescatarnos de este dragón terrible, que es la presencia dominante del mal. Hermanos por eso podemos repetir, como cantábamos en el salmo: “El Señor ha hecho maravillas por nosotros” (Sal 126).

Esta Iglesia de Tlalnepantla se está levantando cada vez con mayor fuerza para hacer posible la Redención de Cristo en nosotros, con dos procesos fundamentales para renovarnos y ser capaces de hacer presente a Cristo en el mundo.

El proceso misionero,- ¿verdad que hemos salido a tocar puertas? Ya tres veces, ya tres años, y lo seguiremos haciendo para invitar a otros para que se sumen en la tarea de redimir a nuestra sociedad. Proceso misionero que lleva al encuentro con Cristo en el retiro kerigmático, proceso misionero que nos invita a formar pequeña comunidad, para que ahí seamos una célula viva, que de vida al Cuerpo de la Iglesia. Proceso misionero que es renovación para nuestra Arquidiócesis.

Y el segundo proceso: el proceso de atender las etapas de la vida del ser humano, el proceso de la línea de la vida. Atendemos a los niños sobe todo en la catequesis infantil. ¿Cuántos niños están aquí y cuántos catequistas están aquí?  Levanten la mano quienes son catequistas… No me equivoco ¿ven? Levanten la mano los niños que están en catequesis infantil... ahí están también. Ustedes son la primera etapa de esta línea de la vida, la atención a la niñez.

Para luego seguir con los adolescentes, dónde hay adolecentes aquí, levanten la mano… para formarlos, acompañarlos en todas sus inquietudes, para darles respuestas que sean para el bien y poderlos redimir de tanta tentación que tienen en su entorno.

Para seguir luego con los de pastoral juvenil, la tercera etapa donde descubran su vocación, lo que Dios quiere, a lo que Dios los ha llamado. Quiénes de esta etapa hay de aquí que participan en la pastoral juvenil, levanten la mano,  hay menos ¿ven?

La cuarta etapa, la pastoral de la familia. ¿Quiénes hay aquí que estén colaborando en la Pastoral de la familia? Allá hay más manos. Y la quinta etapa: la atención a los adultos mayores, es la fuerza de la Iglesia. Ustedes deben darse cuenta que los adultos mayores están siendo muy participativos como agentes de pastoral, pero también los queremos atender a muchos que están en sus casas, enfermos, que están en alguna situación difícil, sea de salud, de ánimo.

Estamos comenzando a desarrollar este proceso de la línea de la vida. Atendernos como Iglesia unos a otros: niños, adolescentes, jóvenes, adultos que forman parte de la familia y son la cabeza, y los adultos mayores.

Hemos venido contigo María para decirte como te dijo Isabel: El Señor ha estado grande contigo, el Señor te ha bendecido, bendita tú entre todas las mujeres, porque el Señor te escogió para ser esa primera mujer, modelo de la Iglesia, que haga posible no sólo la Encarnación sino también la Redención de la humanidad. Gracias María de los Remedios, por acompañar nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla.

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla