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Homilías

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

septiembre 21, 2020

Homilía en la Ordenación de Diáconos

 


Queridos hermanos y en hermanas en Cristo Jesús:

Saludo con alegría a mis hermanos Obispos Auxiliares: Efraín Mendoza Cruz y Jorge Cuapio Bautista; saludo a quienes hoy serán ordenados Diáconos: Isaías Cedillo Vázquez, Omar Iván Emba Vargas, Edgar Reyes Martínez, Jonathan Iván Tavera Bejarano y Luis Torres Salazar; saludo a quienes participan presencialmente hoy en esta hermosa Catedral de Corpus Christi: familiares, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosas y amistades; y a la gran mayoría de personas que se unen a esta celebración a través de las plataformas digitales. Quiero invitarlos a todos a seguir uniéndonos en oración pidiendo por estos hermanos que recibirán el sacramento del Orden del Diaconado para que lo vivan y sean auténticos servidores a imagen de Jesucristo Nuestro Señor.

“Eligieron siete hombres, llenos del Espíritu Santo, para que los apoyaran en la obra de la evangelización” escuchamos en el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Es significativo percibir que el número de los convertidos iba creciendo y los Apóstoles no podían atender eficazmente la predicación y a las viudas en el servicio de la caridad todos los días.

Resulta interesante notar la autoridad que poseen los Doce para encomendar alguna misión a otros: esto valdría tanto para el servicio a las mesas, cuanto para la predicación. Ellos en colegialidad nombraron a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo.

En este pasaje Lucas aprovecha las ocasiones para destacar y subrayar su intención fundamental: señalar el avance irresistible del Evangelio "Mientras tanto la Palabra de Dios iba cundiendo, en Jerusalén se multiplicaba grandemente el número de los discípulos”.

En el Evangelio de San Mateo, Jesús hace una comparación con los gobernantes, advierte plásticamente sobre los peligros de una autoridad entendida como instrumento de poder y les recuerda a sus discípulos que, con la llegada del Reino, ha tenido lugar una profunda inversión de esquemas: el grande es el que sirve y el primero es el que se hace esclavo de todos.

Mateo completa esta enseñanza con una Palabra de Jesús (cf. Mt 20,28) que pone en su propio ejemplo el fundamento de esta exhortación sobre cómo debe ejercerse la autoridad en la Iglesia.

Sus discípulos deben tener siempre la mirada fija en la cruz. Allí es donde Jesús ha ejercido el auténtico servicio con la entrega de su propia vida, pagando así el rescate para liberar a todos los hombres de la esclavitud.

Al ser ordenados diáconos son llamados, consagrados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la Caridad. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, me ayudarán a mí y a nuestro presbiterio en estos servicios que he mencionado.

El diácono, en su condición de servidor de la Palabra, es a la vez destinatario y mensajero. En la ceremonia de ordenación, al entregarles el Evangelio de Cristo, les diré las siguientes palabras: "Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho vida, enséñalo y cumple aquello que has enseñado". Así es, para ser buen mensajero del Evangelio y dar frutos es necesario leer, escuchar, contemplar, discernir, asimilar y hacer vida la Palabra de Dios. El buen mensajero se deja configurar, guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo según el Evangelio.

Como diáconos serán también los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran "misterio de fe". Tengan la Eucaristía como Centro de cada jornada y de todo el ministerio, que sea, como dice el Papa Emérito Benedicto XVI, una escuela de vida en el que, el sacrificio de Jesús en la cruz, enseñe a hacer de ustedes un don total a sus hermanos.

A los diáconos, a ustedes, se les confiará de modo particular el ministerio de la caridad que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. El ministerio de la caridad dimana de la Eucaristía, cima y fuente de la vida de la Iglesia. Cuando la Eucaristía es efectivamente el centro de la vida del diácono, lleva al compromiso, a atender a los pobres y necesitados, a tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, a ser capaces de entregarse en bien del prójimo; estos son los signos distintivos del diácono, discípulo misionero del Señor.

Para ser fieles a este triple ministerio del que hemos hablado, de la Palabra, de la Eucaristía y de la Caridad, vivan cada día en contacto directo con Jesucristo a través de la oración; se ha mencionado sobre el quehacer del diácono, pero que importante es el Ser y es lo primero, por ello es fundamental la oración, la cual les ayudará a superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de su propio yo, y así purificar su mirada y su corazón: la mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y el corazón para amar a los hermanos.

El celibato que acogen libre, responsable, conscientemente y que prometen observar durante toda la vida por causa del Reino de los Cielos y, para servicio de Dios y de los hermanos, sea para ustedes símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de su servicio y fuente de fecundidad apostólica en el mundo. El celibato es un don de Cristo que tanto mejor viviremos, cuanto más centrada esté nuestra vida en Él. Por su celibato les resultará más fácil consagrarse con un corazón sin división al servicio de Dios y del Pueblo.

Finalmente, pidámosle a la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de los Remedios, Patrona de nuestra Arquidiócesis, nos bendiga a todos en estos tiempos difíciles y complejos de pandemia y, a ustedes que dentro de unos minutos serán diáconos, les acompañe. Amén.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla