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Homilías

HOMILÍA EN LA PEREGRINACIÓN A LA BASÍLICA DE GUADALUPE 2020

febrero 01, 2020

Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos permanentes y transitorios, seminaristas, hermanos y hermanas en Cristo Jesús: ¡Muchas gracias por su presencia y participación!

 

Hoy me uno a la alegría de todos ustedes al venir por primera vez como su Arzobispo, como su Pastor, a visitar juntos a nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe, la Morenita del Tepeyac.

Hace aproximadamente un año el Nuncio apostólico Franco Coppola me comunicaba que el Papa Francisco me pedía mi traslado de Durango a Tlalnepantla, como Arzobispo. Fueron momentos especiales por lo que significa un cambio, sin embargo me reconfortó y me llenó de gozo el saber que estaría físicamente cerca de esta bendita Casa, la Basílica de Guadalupe.

Hoy hemos llegado a este lugar sagrado en peregrinación desde nuestra amada Arquidiócesis de Tlalnepantla personas de las VII Zonas pastorales, de los 24 decanatos, de muchas de las 203 parroquias que conforman nuestra Iglesia Particular, de nuestro Seminario con los seminaristas y el Equipo Formador, y de personas que se han unido a nuestra peregrinación.

A todos los aquí presentes les deseo que esta visita sea una grata experiencia, en donde crezca la fe y el amor por nuestra Madre Santísima y el deseo de seguir a su Hijo Jesucristo, para juntos ir construyendo el Reino de Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

El evangelio que se ha proclamado hoy nos presenta la figura excelsa de María, el porqué de su grandeza y lo esencial de su misión. María lleva en su seno al Hijo de Dios. Su misión es comunicarlo, por eso va presurosa a casa de Isabel que aguardaba el nacimiento de su hijo Juan Bautista, es de considerar el largo y difícil camino que tuvo que recorrer de Nazareth hasta Judá, aproximadamente 150 kilómetros de distancia. Al llegar María y saludar a su prima, esta quedó llena del Espíritu Santo, reconoce a María y su misión: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, ¿quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?» Reconoce igualmente la cooperación de María a esa magna obra: «Dichosa tú que has creído porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor», y María prorrumpe en el canto maravilloso «Mi alma glorifica al Señor porque puso los ojos en la humildad de su esclava».

María e Isabel son dos mujeres unidas por lazos familiares y bendecidas por Dios con una maternidad sublime. Sus destinos y el de sus respectivos hijos están unidos. Se encuentran en la raya divisoria de los dos testamentos: Isabel simboliza el pueblo de la Antigua Alianza y María, en cambio, abre el Nuevo Testamento y nos da al Redentor del universo. María creyó en Dios, por esta fe es dichosa y se constituye en la primera creyente y discípula de Cristo, la primera cristiana en la Iglesia.

La Santísima Virgen de Guadalupe cumplirá 489 años, este próximo diciembre, de que se apareció en este lugar en el que nos encontramos, aquí junto en el “Cerro del Tepeyac”. María cumplió en nosotros el papel de Madre, de portadora de Jesucristo. Eran momentos cruciales cuando estaba naciendo nuestra raza, nuestra nacionalidad, viene a darnos a su Hijo, que quería nacer en nuestra tierra. Ella nos sigue diciendo como a san Juan Diego: «Sábelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño, que soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive». Nos sigue invitando a cada uno de nosotros al seguimiento de su Hijo Jesucristo, a que nuestro cristianismo sea una realidad viva y efectiva, y no sea sólo una herencia o una tradición, sino un compromiso que nos lleve a amar a Dios sobre todas las cosas y a amar a nuestros hermanos como él nos enseñó.

Queridos hermanos y hermanas, conocemos la historia de las apariciones de la Morenita del Tepeyac, en la cual le pide a Juan Dieguito que fuera a ver al Obispo Fray Juan de Zumárraga y le dijera su voluntad, que se le construyera un Templo para que sus hijos viniesen a platicar con ella, de sus penas y alegrías, de su vida cotidiana. Hoy nos sigue diciendo a cada uno de nosotros nuestra madre: “¿Qué hay hijo mío, el más pequeño? ¿Qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, que tengo el honor de ser tu Madre?

Así que nos invita a platicarle lo que cada uno de nosotros traemos en nuestras manos, en nuestro corazón: los gozos y las esperanza, las tristezas y las angustias de nuestros tiempos, lo que sucede en nuestras familias, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Arquidiócesis, en nuestra Patria, sabedores que Ella nos escucha con mucho amor, nos abraza, nos cobija y bendice a cada uno de nosotros.

Estamos seguros que cuando visitamos a la Virgen de Guadalupe en su Casita salimos siempre fortalecidos para seguir luchando con entusiasmo buscando siempre la comunión y fraternidad, en un mundo fragmentado, dividido, con familias desintegradas, en donde predomina el individualismo, el hedonismo, la violencia, la inseguridad, la impunidad, la migración; en este mundo complejo estamos llamados a seguir las palabras de María: “Hagan lo que Él les diga”, estamos llamados a ser sembradores de las semillas del Evangelio.

 

Este día quiero poner en las manos benditas de nuestra Madre Santísima la vida de todas las familias de nuestra Arquidiócesis, de nuestro Seminario, su Equipo Formador y las personas que colaboran en el; de nuestro presbiterio, a los diáconos, a las   parroquias, decanatos y zonas pastorales, comunidades de religiosos y religiosas tanto de vida activa como contemplativa; a los centros de formación para laicos, a los grupos, movimientos, asociaciones; también pongo en sus manos a las autoridades civiles, académicas, empresarios, comerciantes, estudiantes, a los enfermos, a los migrantes, a las personas que más sufren, a los indigentes y descartados en nuestra sociedad; y de manera muy especial a los niños, adolescentes y jóvenes, a los cuales los adultos tenemos la responsabilidad de transmitirles la belleza de la fe.

Estamos en un año jubilar en nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla por los 500 años de la presencia de la “Virgen de los Remedios”, es un año de gracia y de bendición. Aprovechemos este acontecimiento para crecer en el amor a Nuestra Madre Santísima, la Virgen María, y hacer caso a su mensaje de seguimiento a su Hijo Jesucristo. El próximo 1º. de Julio terminaremos este Año Jubilar en el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, Naucalpan, con una celebración Eucarística. Deseo de corazón que todo ello contribuya, sume verdaderamente a que sigamos construyendo una Iglesia Misionera, una Iglesia Sinodal, una Iglesia en salida. 

Queridos hermanos y hermanas, que esta reconfortante visita a la Casa de nuestra Madre, en la cual le hemos pedido su bendición y auxilio para el mundo entero, para nuestra Iglesia y de una manera especial para el Papa Francisco, obispos, sacerdotes religiosos, religiosas, agentes de pastoral laicos, para nuestro México, para nuestros familiares, amigos y quienes más lo necesitan, nos fortalezca y regresemos con bien a nuestras casas y parroquias, y nos anime a seguir caminando como discípulos misioneros de Jesucristo, y de esta manera colaborar con amor e ilusión en la edificación del Reino de Dios. Amén.

 

 

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla