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Homilías

HOMILÍA EN LA TOMA DE POSESIÓN DE LA PARROQUIA MATER AMABILIS.

agosto 07, 2017

Homilía en la toma de posesión de la Parroquia Mater amabilis.

08 de Agosto de 2017

 

¿En qué te he desagradado para que tenga que cargar con todo este pueblo?

 

Este duro reclamo lo hace Moisés a Dios: ¿Por qué tratas tan mal a tu siervo? ¿En qué te he desagradado para que tenga que cargar con todo este pueblo? (Nm 11, 11).

Hemos escuchado en la primera lectura cómo el pueblo se rebela a Moisés. Ya en días anteriores, el pueblo se había rebelado a Aarón, obligándolo a pervertir la imagen de Dios, haciendo un becerro de oro. Querían visualizar a Dios para poderlo tocar; para poder tener, según ellos, la tranquilidad de que Dios estaba con su pueblo. En vez de reconocer a Dios en los acontecimientos particularmente salvíficos, querían una imagen, y ver materializada esa presencia. Ahora en esta lectura, también vemos cómo le reclaman duramente a Moisés de estar comiendo maná, esa semilla que, -como nos dice el texto-, semejante al cilantro, para hacer una harina y comerla todos los días. Ya les había hartado, no podían más.

Tenían razón. Pero cuando salieron de Egipto, estaban felices porque iban a la libertad, aunque Moisés les había dicho que tenían que atravesar el desierto para llegar a la tierra prometida, ellos pensaban sólo en la libertad, en dejar el trabajo duro de esclavos, y por eso se lanzaron con Moisés, aceptaron su propuesta, cruzaron el Mar Rojo, y se adentraron en el desierto. Cuando llegan las dificultades, entonces todo mundo busca culpables, y el culpable era Moisés. Y es tanta la insistencia del pueblo en repetir su malestar que Moisés le dice a Dios estas palabras: “¿Por qué me tratas tan mal Señor?, ¿qué te he hecho o en qué te he desagradado para que tenga que cargar con este pueblo tan rebelde, tan insolente, tan poco comprensivo?” (Nm 11, 11).

Esta escena nos habla de las dificultades que debemos de afrontar para alcanzar la libertad. Nuestro pensamiento infantil aparece, como niños queremos que todo salga bien, que papá y mamá me compren todo lo que yo quiero, que el dulce que me van a dar me guste; y lloramos ante lo que sale mal, ante lo que no nos gusta, y nos encaprichamos. Lamentablemente esa mentalidad infantil queda siempre en el interior del ser humano, y nos resistimos a que la conquista de la libertad implica abnegación, renuncias, sacrificios.

Pero por encima de eso, que ya de por sí es una gran tarea, vemos que la reclamación  de Moisés nos ayuda  a descubrir que la responsabilidad de conducir a un pueblo no puede ser de un sólo hombre, necesita la colaboración de su pueblo. Nadie puede cargar con un pueblo. Pero cuando los  miembros de ese pueblo realizan la parte del esfuerzo que tienen que realizar, que tienen que llevar a cabo, entonces la autoridad de ese pueblo, lo conduce como un automóvil por autopista de cuatro carriles. Esto significa la indispensable comunión que construimos cuando cumplimos con nuestras tareas. Comunión que se edifica en base al esfuerzo de cada uno de los que componen una comunidad, se llame familia, se llame comunidad parroquial, se llame diócesis o se llame nación o patria. Si no hay la correspondencia de la propia responsabilidad en comunión con la de otros, la carga es insoportable.

La Iglesia, en su interior, está llamada a ser una luz en el camino de la humanidad, una luz en medio de las sombras, una luz en medio de estas rebeldías que por todas partes aparecen. La Iglesia debe de ser modelo de comunión.

El Padre Ángel Nieto aceptó muy bien su nueva encomienda, aunque sabe que es mayor la responsabilidad que ahora inicia, de la que llevaba. El Padre Silviano Serralde aceptó también llevar dos encomiendas, él estaba muy contento en san Antonio, con sólo la Parroquia. Ahora será mayor la responsabilidad que llevará adelante, pero en la comunión, -por eso me alegra que estén aquí presente varias comunidades religiosas-, en la comunión la carga se hace ligera, el yugo se hace suave, como dice Jesús, sólo con la comunión.

¿Y  cómo lograrla? Además de asumir nuestra propia responsabilidad, también es indispensable la comunión con Dios. Y es lo que ofrece Jesús en el Evangelio sobre la multiplicación de los panes ante una multitud hambrienta. El pan que vamos a partir ahora en esta Eucaristía, es el alimento que fortalece nuestro espíritu y, cuando el espíritu es fuerte, aunque la carne sea frágil, aunque sea limitada, será capaz de llevar a cabo sus tareas, sus responsabilidades. ¡Ése es el sentido de la Eucaristía, de esta presencia sutil y misteriosa de Jesucristo, ¡el Señor de la vida! Quien así lo asume en la fe, con plena confianza, crecerá, su espíritu se fortalecerá.

Ya saben ustedes que nuestro cuerpo sólo crece desde su gestación hasta los veinticuatro años. Después de los veinticuatro ya no crece más, a no ser hacia los lados. Pero el espíritu sí crece y puede crecer de manera ilimitada, porque nuestro espíritu al entrar en comunión con Dios, en la comunión de la vida divina, nos fortalece haciéndonos capaces de superar la flaqueza propia del ser humano. Ésta es la razón por la que vino Jesús al mundo y se encarnó, para darnos este pan a todo aquel que quiera alimentarse de Él.

Por eso, la labor tan importante de un párroco, -en este caso con el apoyo de su vicario parroquial, que aquí está-,  es alimentar este espíritu, nutrirlo en la confianza con Dios, para que a pesar de todas las circunstancias adversas que tengamos que vivir, a pesar de eso, de todo lo que acontece tan lamentablemente en nuestra sociedad, podamos ser luz en las tinieblas, podamos ser luz en medio de las sombras de muerte presentes en nuestro entorno, podamos ser luz y esperanza para los que nos rodean.

Que así sea.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla