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Homilías

HOMILÍA IV DOMINGO DE CUARESMA

marzo 31, 2019

Homilía

IV Domingo de Cuaresma

“Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”

Queridos hermanos y hermanas, los saludo a todos con afecto, a los niños, los adolescentes, jóvenes, adultos y adultos mayores, hoy que han venido para celebrar esta Eucaristía para salir fortalecidos con su Palabra y también con la Eucaristía.

Me ha gustado mucho un cuadro de un pintor holandés, Rembrandt, que en 1662, en el siglo XVII, pintó el pasaje que escuchamos en el Evangelio y no fue una pintura que realizó por algún pedido, sino por una experiencia que tenía con Dios y seguramente que algunos de ustedes conocen este cuadro donde está la figura del padre, un anciano, que está abrazando a su hijo, y el hijo, descalzo, en andrajos; es muy hermoso porque una de las manos del anciano, del padre, es una mano de mujer y la otra de hombre, significa la paternidad y la maternidad; cómo está la cabeza del hijo en el seno, en el vientre, quiere decir que inicia una vida nueva.

Precisamente hoy escuchamos una de las páginas más hermosas, que se llama: la parábola del “hijo pródigo”, que muchos dicen que se debería llamar la parábola del “padre misericordioso”. Hoy, queridos hermanos, estamos en el cuarto domingo de Cuaresma, que en latín se dice “Domínica Laetare”, domingo de la alegría, ya hemos pasado de la mitad de la Cuaresma. ¿Y por qué se le llama el domingo de la alegría? Porque tenemos un Dios que nos ama, un Dios que es misericordioso y que siempre quiere el regreso del hijo a la casa paterna.

La primera lectura también es, en ese sentido, de alegría, porque el pueblo de Israel, que va caminando por el desierto, llega a la tierra prometida y hacen fiesta. El Evangelio también termina con las palabras que dice el padre “vamos a hacer una fiesta, porque tenía un hijo que se había perdido y lo hemos recobrado”, por eso es un domingo de alegría, porque nosotros estamos llamados a experimentar a un Dios que nos ama a pesar de que nos equivoquemos, cuando reaccionamos y nos convertimos, porque esa es la idea, la idea de Cuaresma, la idea fundamental, la conversión. ¿Qué pasó con este joven? El papá respetó su libertad y le dio la parte de la herencia que le correspondía, pero él lo malgastó y llegó a lo más bajo, de cuidar cerdos, los animales, para los judíos, impuros, sin embargo, le llegó una luz al corazón y dijo “me equivoqué, voy a regresar a la casa y le voy a pedir perdón a mi padre:'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo' ”. ¿Cuántas veces no extrañó estas palabras? Sin embargo, todas las tardes el padre salía a una parte de montaña para ver si el hijo regresaba. Cuando el hijo regresa, el padre corre, también, y lo abraza y no lo deja terminar el discurso que traía, sino que lo perdona.

Este Evangelio está en el contexto también de que se lo decía a los escribas y fariseos que se creían puros “yo he venido para ver y sanar a los enfermos; he venido para perdonar a los pecadores”, y lo más interesante para nosotros que escuchamos la Palabra de Dios, es que nos retratemos, porque el Evangelio, la Palabra, es para nosotros.

¿Cuál es nuestra actitud? ¿Qué sucedió con el hermano mayor, que también está en esa pintura de Rembrandt con las manos juntas, con un gesto de disgusto porque el papá ha perdonado al hijo menor? ¿Nosotros también nos creemos justos o también necesitamos de ese perdón del Señor?.La conversión es la invitación para cada uno de nosotros y, como les decía hace ocho días, la conversión es de todos los días.

Podemos preguntarnos nosotros: ¿el hijo mayor entró a la fiesta? ¿Qué piensan ustedes? Ojalá que haya entrado, que haya reaccionado también, ya que el papá le dijo “hijo, todo lo mío es tuyo” y él no quería entrar a la fiesta.

A veces nos pasa a nosotros también, posponemos la conversión, pero cuando hay esta conversión encontramos a un padre misericordioso, nuestro corazón salta de alegría. Fíjense que el Papa Francisco, tal vez, es la Palabra que más ha usado en su magisterio, en su ministerio como Papa, la palabra “misericordia”, porque tenemos un Dios que nos ama y que es misericordioso.

Sigamos este camino de Cuaresma, queridos hermanos y hermanas, con esa disponibilidad de cambiar aquello que no está bien en nuestra vida, que nos arrepintamos porque tenemos un Padre que nos abraza y nos perdona. Así sea.

 

+ Mons. José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla