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Homilías

HOMILÍA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

abril 13, 2017

Homilía Jueves Santo de la Cena del Señor

13-Abril-2017

 

De tan sublime misterio, brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida.

 

Así terminábamos la oración que hemos recitado al inicio de esta Eucaristía. De tan sublime misterio. La relación con Dios, que Jesucristo nos aporta es una relación efectiva, real; pero que se realiza a través de un misterio. Es decir, de algo que a la vista no aparece, por eso se llama misterio. No hay evidencia sensible, no se puede constatar con los ojos. Solamente se puede ver con la experiencia de la fe, y de la confianza que ponemos en Jesucristo, el Señor.

 

Jesús, en el transcurso de la Última Cena, con sus discípulos, instituyó este misterio: que a través de las especies de pan y vino se hace presente Jesucristo entre nosotros. Como recuerda San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado.

 

Jesucristo ha escogido esta manera, para  no imponerse. Cuando las cosas son evidentes, nadie se puede resistir, se imponen por sí mismas. En cambio en su Providencia Divina, Dios ha dispuesto relacionarse con nosotros de esta manera sutil, pero real. De esta manera aparentemente inconcebible, es decir: ¿Cómo es posible que en un pedazo de pan y en un poco de vino, se haga presente Jesucristo?

 

Será en la experiencia misma, de creer en esta presencia, como constataremos que así es. En efecto, se camina en la fe, creyendo sin ver y experimentando lo que se cree, y así se constata que es verdad lo que la fe propone.

 

Hoy Jueves Santo, el Señor instituyó no sólo este sublime misterio de la Eucaristía, plenitud del amor y de la vida. Sino que también instituyó el Sacerdocio Ministerial, para ayudar a la comunidad de los discípulos de Cristo a caminar en esta experiencia de fe, convocándola y ofreciéndole a Jesús Eucaristía. Así, el Sacerdocio Ministerial está al servicio del Sacerdocio Común, que obtienen los fieles que han sido bautizados, y se convierten en discípulos de Cristo.

 

Pero además del Sacerdocio ministerial, Jesús instituyó el Precepto de la Caridad, el Precepto del Amor. Que consiste en una actitud permanente, estable, constante, del servicio a los demás. Por eso en el transcurso de esa Cena, dice San Juan: Jesús lava los pies a sus discípulos.

 

Increíble gesto, que el Maestro, el que es cabeza, el que va por delante, el que es el Hijo de Dios, el Mesías y Señor, se pone a lavar los pies de sus discípulos. El oficio más humilde de la época, sólo los esclavos hacían ese servicio al entrar en las casas: lavarles los pies al huésped. Por esa razón se resiste Pedro, no lo cree, y no quiere ver a su Maestro, lavándole los pies.

 

El gesto de lavar los pies a sus discípulos es para enseñarnos la actitud, que todos debemos de generar en nuestro interior. Todo lo que somos, todas las capacidades y habilidades se van a desarrollar y van a crecer y nos darán grandes satisfacciones, si las ponemos al servicio de los demás.

 

Por el contrario, si se guardan egoístamente esas actitudes, para beneficio propio, se caerá en la insatisfacción, la infelicidad, y el sin sentido. Sólo sirviendo a los demás, como lo hacen papá y mamá con los hijos, desde que el pequeño nace. Sólo sirviendo a los demás en las distintas profesiones y oficios, pensando en el otro, más que en lo que se va a cobrar, pensando en el bien del otro, que necesita lo que yo tengo y puedo ofrecerle. Así surgirá en cada persona la experiencia del amor, no es fácil, es cierto; por eso Jesús deja la Eucaristía, porque sólo con la gracia de Dios, con la constante comunión con Dios, se podrá tener la fortaleza necesaria, y ese espíritu de servir a los demás.

 

Debemos confiar que Él nos lleva de la mano, bajo la guía del Espíritu Santo. Confiar que Jesús nos lleva, nos conduce, nos acompaña y nos levanta cuando nos caemos, nos fortalece cuando tenemos que afrontar situaciones adversas y difíciles.

 

Por eso es sublime este misterio de la Eucaristía, porque aquí encontramos la fuente de nuestra comunión con Dios, aquí encontramos a Jesús, Pan de la Vida. Aquí encontramos esta indispensable experiencia de fe.

 

Por eso hermanos es que la Iglesia nos invita, domingo a domingo a participar en la Eucaristía, porque sabe de nuestra fragilidad, sabe de nuestra limitación, de nuestras carencias. Por eso es que necesitamos venir y recibir a Jesús, Pan de la Vida.

 

Hoy nuevamente, quienes presidimos esta Celebración Eucarística del Jueves Santo, los sacerdotes ministeriales, hacemos este gesto que hizo Jesús, lavarle los pies a doce discípulos, a doce seguidores de Jesucristo en señal de que todos, no solamente quienes presidimos la Eucaristía, sino que todos estamos llamados a servir a los demás.

 

Por eso son hermosas estas palabras, que nos presentó la oración de hoy: De tan sublime misterio, brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida. Que así sea.

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla