Logo Arquidiocesis

 

 

 

Logo RESAR

     

Homilías

HOMILÍA PRONUNCIADA EN LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE.

septiembre 30, 2017

 

 “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2,5)

 

El Apóstol Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado invita a la comunidad de los filipenses, comunidad querida por Pablo por su generosidad y por su buen camino de discipulado para seguir a Cristo. Por eso les revela la importancia de asumir los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2,1-11).

En primera instancia podemos pensar que eso es muy difícil: Cristo Jesús. ¿Quién puede ser capaz de seguir en alguna buena proporción su testimonio de vida? Sin embargo a eso estamos llamados, y lo primero es superar el temor de no responder, y poner nuestra confianza en quien nos invita a seguirlo, el mismo Jesús, que está interesado por nosotros para que asumamos su sentimientos. Pablo, ofrece algunos elementos fundamentales en la primera parte de esta lectura.

Lo primero es el compartir, porque solamente compartiendo con los demás podemos llegar a lo que Él pide: a tener una misma manera de pensar, un mismo amor, unas mismas aspiraciones y una sola alma (Flp 2,2).

Segundo, dice: “nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción” (Flp 2,3). Celos, envidia, y competencia, debemos evitarlos ya que no conducen al camino del discípulo de Jesús.

Y en tercer lugar, Pablo dice que consideremos a los demás siempre capaces de hacer cosas mayores que las que nosotros hacemos, que caminemos por la virtud de la humildad, reconociendo lo que los otros hacen.

Estas tres consideraciones son una primera llamada del apóstol, pero donde pone el núcleo principal de su exhortación es cuando afirma que Cristo siendo Dios no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que por el contrario se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres. Aquí descubrimos el vaciarse de sí mismo para asumir la condición de siervo, ese anonadamiento, dejar su condición divina.

Pensemos cuánto nos cuesta dejar nuestros condicionamientos de vida para auxiliar a alguien. Jesús deja su ser divino para hacerse hombre y afrontar todos los problemas, todos los contextos por las que habitualmente el ser humano atraviesa en su vida humana, incluso la injusticia y la muerte.

Vaciarse de sí mismo. Aquí todavía aún más podríamos decir: “No me creo capaz, no podré vaciarme de mí mismo.” Sin embargo nos anima el testimonio de tantos discípulos de Cristo en estos veintiún siglos recorridos en la historia cristiana. Y nos anima, porque vemos distintas  maneras de hacer realidad esta experiencia de anonadamiento de Cristo.

Lo importante es empezar gradualmente, asumir desde nuestras propias posibilidades y relaciones, dejar poco a poco algunas cosas hasta llegar a dejar algunos proyectos o anhelos que me gustaría hacer, cuando descubro que Dios quiere de mí algo distinto.

¿Qué quiere mi Padre de mí, con mi vida? ¿Qué quiere Dios Padre al regalarme la vida, qué quiere que yo haga?  “la voluntad de mi Padre”, dice Jesús en el Evangelio de hoy, cumplir la voluntad de mi Padre (Mt 21,31).

Gradualmente podemos ir conociéndonos, la introspección es indispensable, ei examen de nuestra propia conciencia, y reconocer las capacidades de nuestra persona. Hay quien descubre su vocación al matrimonio y asume su estado de vida, con todo lo que implica darse generosamente a su esposa o esposo y viceversa, luego darse a los hijos, después padres e hijos recíprocamente.

Así también hay quien descubre la vocación consagrada, es otro modo de vaciarse de sí mismo para asumir la misión de Jesús de servir a los hermanos. Y una vocación muy especial, de mayor exigencia, los misioneros “ad gentes”, que admiramos, apoyamos y le pedimos a Dios que les dé la fortaleza, a Ustedes y en Ustedes, Misioneros de Guadalupe, vemos ese vaciarse de sí mismo en extremo, porque tienen que dejar no solamente familia, sino también patria, cultura, lengua, para dar su persona al servicio de la evangelización.

Así, en esa gradualidad cada uno de nosotros puede responderle al Señor Jesús. Eso es lo que expresa el profeta Ezequiel en la primera lectura que escuchábamos (Ez 18,25-28), que depende de nuestra respuesta y al dar nuestra respuesta, conforme a la inquietud que pone el Señor en nuestro interior, encontraremos la vida y la vida eterna.

O como enseña Jesús en la parábola de los dos hijos (Mt 21,28-32): uno que le dijo “Sí voy”, pero no fue a su viña,  y otro le dijo “no, no quiero ir”, pero al final se arrepintió y fue. Jesús señala que lo importante es cumplir con lo pedido aunque tengamos resistencias, y nos cueste gran esfuerzo y trabajo. ¡Hacerlo! Llevar a la acción la voluntad del Padre en mi persona, y con quienes conmigo, han asumido un camino de consagración al Reino de Dios.

Pidámosle al Señor Jesús que nos aliente el testimonio de los demás, que a todos nos llene de esperanza, como lo hemos visto en estos dramáticos días de los terremotos en nuestro país ante la devastación: una generosa entrega solidaria, espontánea, que suma, que hace fuerza, porque Dios se hace presente siempre, como lo dice San Pablo, cuando nos entregamos al prójimo, cuando servimos al otro que lo necesita.

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla