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Homilías

INSTITUTO RUDYARD KIPLING ZONA ESMERALDA

marzo 24, 2017

Homilía Instituto Rudyard Kipling Zona Esmeralda

24-Marzo-2017

 

No volveremos a llamar “dios nuestro” a las obras de nuestras manos

 

Esta exhortación que hace el profeta Oseas al pueblo de Israel, para llamarlo y convocarlo a que se convierta y vuelva a Dios, lo conozca y lo sirva, encuentra una respuesta positiva del pueblo: ya no nos salvara Asiria, ya no confiaremos en nuestros ejércitos, ni  volveremos a llamar “dios nuestro” a las obras  de nuestras manos, pues sólo en ti encuentra piedad el huérfano.

 

Esta afirmación nos permite reflexionar sobre el contexto de nuestro tiempo, lo que está viviendo nuestra sociedad: el surgimiento muy intenso y acelerado de un “neopaganismo”, una vuelta a la creación de nuestros propios dioses.

 

Cada quien imagina a Dios a su manera, lo concibe de la forma que le parece bien, la adecuada para justificar muchas veces su conducta, y se crea su propio ídolo. Así aunque lo llame Jesucristo. Es decir, aun dentro de la misma creencia religiosa que ha heredado, el catolicismo.

 

Ahora están surgiendo nuevas formas de idolatría. Simplemente se le pone el nombre, y se diseña la imagen de un dios, de manera adecuada para justificar una conducta acorde a los gustos, caprichos y a las diversas maneras de entender la vida misma.

 

Por eso la exhortación del profeta Oseas, aunque lo fue históricamente para el pueblo de Israel, para los fieles a Dios es ahora muy oportuna, para que ante lo que sucede en su familia, en su entorno, y en la sociedad, adviertan esta tendencia que se va intensificando en la sociedad cada día.

 

¿Qué se tiene que hacer? No solamente descubrir que efectivamente cada persona está creando su dios, sino también es importante atender el Evangelio de hoy, en donde a partir de la pregunta de un Escriba (que eran aquellos que estudiaban la Biblia, y eran considerados los maestros que orientaban con sus conocimientos al pueblo), surgida por la inquietud de saber qué enseñaba Jesús sobre la prioridad de los más de seiscientos mandamientos que había en esa época. La pregunta fue, ¿cuál es el primero de todos los mandamientos?

 

A nosotros nos parece obsoleta la pregunta, porque desde pequeños hemos aprendido que el primero de los mandamientos de la ley de Dios es: amar a Dios sobre todas las cosas. Pero en la época de Jesús no era así, todos los mandamientos estaban en el mismo nivel jerárquico.

 

De manera que en la confusión de los seiscientos mandamientos, ¿cuál es el más importante? Jesús le dice: Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

 

El enunciar estos mandamientos como el primero y el segundo, indica que amar a Dios y al prójimo están íntimamente relacionados. El Escriba queda muy de acuerdo, y quizá le haya clarificado su vida, y por eso responde: Muy bien maestro. Tienes toda la razón. Y continúa repitiendo exactamente lo que Jesús le había dicho. Ante la respuesta, el texto concluye diciendo: Jesús viendo que había hablado muy sensatamente. El escriba no hizo más que repetir lo que había dicho Jesús. La sensatez no está solamente en la memoria que tuvo para repetir lo mismo, la sensatez es haber aceptado la enseñanza de Jesús como propia. La sensatez es advertir que estaba de acuerdo con lo que Jesús le había dicho.

 

Pero además hay algo que le dice Jesús: No estás lejos del Reino de Dios, que interesante esta indicación. ¿Qué significa no estar lejos? Cuando estas frente a alguien viendo a la cara, no se está lejos, es decir se está tan cerca que se puede estrechar la mano y tocar al otro y conversar. Algo así ha de haber sentido este escriba al escuchar: No estás lejos del Reino de Dios.

 

Pero atención, “No estar lejos” significa que está cerca pero todavía no está dentro. Cuando alguien dice: ya pronto llegaré a casa, está a una cuadra, se está cerca, pero aún no ha llegado a casa, falta recorrer esa cuadra.

 

Ahora se puede entender la frase de Jesús el Escriba, “No estás lejos del Reino de Dios” estás bien encaminado, vas correctamente pero, ¿qué hace falta? Vivir, que su conducta refleje lo que acaba de expresar este Escriba con su boca. Amar a Dios y amar al prójimo.

 

Cuando se pone en práctica el amor, en ejercicio con los demás, lo que se cree con la mente y se acepta con el corazón, entonces hay una relación estrecha, íntima entre el pensar, el querer y el hacer. Hay una integralidad y, ¿qué es lo que produce esta coherencia entre estos tres elementos? Nos permite la experiencia del amor.

 

No basta saber que se tiene que amar a Dios y al prójimo, no basta tener el sentimiento de querer y amar a Dios y al prójimo; hay que efectivamente ponerlo en práctica.

 

Ahora bien el prójimo si se puede tocar. En cambio a Dios parece sutilmente difícil hacerlo. La experiencia inicia con el prójimo, con la intención de relacionarse con Dios, de amar a Dios; y la maravilla es, que quienes ya han recorrido este camino de la vida cristiana saben, que se han encontrado con Cristo.

 

Maravíllense ustedes los pequeños porque apenas están conociendo estas cosas, los jóvenes que aún están sistematizando sus creencias. Si ponen en práctica el amor al prójimo con intención de amar a Dios, entonces con la ayuda de los Evangelios y el testimonio de la Iglesia, con la experiencia práctica de acercarse al otro como un hermano, encontrarán que el Espíritu de Dios está acompañando y está con la persona. Logran así una experiencia de relación con Dios. Esto es lo maravilloso.

 

Nos impulsa y motiva amar a Dios porque sabemos que ya está en medio de nosotros el Reino de los Cielos. Amar a Dios en esta vida es posible. Por eso, Jesús le dice al Escriba que no está lejos, que siga por ese camino, para que esté dentro del Reino de Dios. Es decir experimentar la relación con Dios.

 

Por tanto, ante este nuevo paganismo, el testimonio de una experiencia en el amor a Dios y al prójimo es un paso fundamental, para desenmascarar a los ídolos, creados por la mente y la práctica cotidiana. Es la forma de manifestar que esos falsos dioses no tienen consistencia, porque no los conducen ni siquiera a una experiencia estable de felicidad. De ordinario la gente se mantiene temerosa, angustiada, aterrorizada, preocupada por si se cumple lo que les dicen las personas que adivinan el futuro con horóscopos. Esos dioses son hechuras que la gente crea en su mente, son de barro.

 

Vayamos pues por el camino del amor al prójimo, y del amor al Dios verdadero, que ha dado su vida por nosotros en la cruz. Caminemos en la experiencia del Espíritu, con la ayuda de la Iglesia, y demos testimonio a este mundo del amor de Dios, que tanto lo necesita. Que así sea.

 

 

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla