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Homilías

HOMILÍA VISITA PASTORAL A LA CUASI - PARROQUIA DE CRISTO REY ZONA IV DECANATO III

julio 07, 2015

“Has luchado con Dios y con los hombres y has salido victorioso” 

Este día la primera lectura nos presenta ese momento fundamental en la vida del patriarca Jacob, que con muchas artimañas le ganó a su hermano mayor, Esaú, la primogenitura; y fue todo un periodo de 14 años después de que suscitó en Esaú una envidia, ante todo este tipo de maniobras que hizo Jacob para ganarle  la primogenitura y la bendición de su padre Isaac y ser así el transmisor de la promesa de Dios.  Pasó 14 años sirviendo a su tío Labán, el cual le dio como esposas a dos de sus hijas: Lía y Raquel. Después de este tiempo de servir sin cobrar jornal sino solamente tener la posibilidad de comer y de tener un techo donde dormir, de tener un hogar, pero, no su propio ingreso, Jacob decide volver a casa de su padre y reconciliarse con su hermano Esaú. 

Esta escena que acabamos de escuchar nosotros, es esa noche antes de cruzar el arroyo que le ponía ya en tierra firme, sobre las propiedades de su padre Isaac. La escena nos habla de una lucha entre un hombre y él, durante toda la noche. Es una escena que no la debemos de tomar más en el sentido literal de una lucha cuerpo a cuerpo, —aunque así se nos describe— sino como muchos interpretes de la Sagrada Escritura nos lo explican, tiene un simbolismo de ese momento purificatorio de la lucha con Dios, porque se ha atrevido Jacob a ganarle la primogenitura a su hermano; y segundo, con los hombres, porque se ha peleado con su hermano. Es una lucha que nos habla también de purificación, por eso dice el texto: “Has luchado con Dios y con los hombres y has salido victorioso”. Le dice este personaje misterioso con el que ha luchado. Todavía le dice: “Por eso ya no te llamarás Jacob… que significaba el tramposo, el mañoso sino, Te vas a llamar Israel” que significa, el que ha luchado con Dios. Y por eso Jacob quiere saber quién es, pero solamente va a saber que recibe la bendición, es decir, la purificación en su corazón de la búsqueda de la reconciliación entre él y su hermano.

Es una historia hermosa que nos puede ayudar a entender también nuestras propias luchas con Dios, sobre todo cuando ya hemos avanzado en la vida; pero a veces desde la adolescencia ya tenemos luchas con Dios. Muchas veces porque hemos recibido un concepto de Dios con el cual no estamos de acuerdo; otras veces porque nuestras circunstancias de vida nos revelan contra esa manera que nos toca vivir, —no estoy contento. Y le achacamos a Dios que él es el que nos está enviando esa vida. Y otras veces, porque definitivamente nos ha tocado batallar en nuestro alrededor con tantos que nos han dañado, de los que somos víctimas, y no pareciera que la mano de Dios se hiciera presente y tenemos que salir de esa noche de lucha con Dios y con los hombres. Por eso no es una historia particular de algo que solamente le sucedió a Jacob, sino, refleja mucho nuestras historias y nuestro momento de purificación y de conversión. Refleja también lo que le dice este misterioso personaje que lo bendice, es decir, que nosotros, si nos mantenemos en esa fe, a pesar de nuestras incapacidades de comprender tantas situaciones que vivimos, también nosotros recibiremos la promesa de Dios, la bendición de Dios en nuestras vidas. Estamos llamados a formar parte de este pueblo transformado que se realiza en Israel; de este Jacob que se transforma en Israel. Esta es la primera lectura, pero quiero rápidamente también completarla con la lectura del Evangelio que nos ha sido proclamado. 

Jesús hace hablar a un mudo. La persona que es muda es porque es sorda, no hay otra razón para ser mudo habitualmente, no escucha, no aprende a hablar, no escucha, no puede comunicarse con los demás, se queda aislada la persona que es sordomuda, Cristo la sana. Nos lo pone aquí el evangelista Mateo para significarnos la importancia de la escucha y del habla. Un discípulo de Cristo tiene que aprender a escuchar, de entre los acontecimientos y sobre todo de la palabra de Dios, escuchar lo que Dios quiere de nosotros y hablarlo, transmitirlo, compartirlo, no dejarlo en el interior de nuestro corazón. Aquí es donde podemos reforzar la convicción del porqué necesitamos integrarnos en pequeñas comunidades a la luz de la Palabra.

Y tercer punto que quisiera que también se quedaran en meditación y reflexión de este hermoso Evangelio: ¿Cómo mira Jesús? Nos dice el texto del Evangelio, que después de haber sanado a este mudo y  devolverle el habla, recorría ciudades y pueblos predicando el Evangelio, dice el texto: “Al ver a las multitudes se compadecía de ellas”. Al ver esas multitudes que se le acercan, que están buscando algo, que quieren algo, que descubren algo en la persona de Jesús, Jesús se compadece.  Y podemos pensar, ¿Por qué se compadece Jesús? Dice el texto que porque: “Las ve extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor”. Extenuadas, cansadas, sin a quién acudir, desorientadas, que han perdido el rumbo, que no saben a qué han venido, que se quitan la vida o que se entregan a una drogadicción. ¿No han visto ustedes eso? Jesús veía en el corazón de estas personas de la multitud y se compadeció, esa es la mirada de Jesús, pero esa mirada lo lleva a la acción. Él predica el Reino, sana y cura, pero sabe que no va a poder con todos y, entonces dice algo muy hermoso: “La cosecha es mucha, los trabajadores pocos, rueguen al dueño de la mies que envié trabajadores a sus campos”. 

El proyecto de Dios para la humanidad no es para un hombre, es para una comunidad, no es  para una persona, es para su Iglesia que necesita pastores y ovejas atendidas. Jesús sabe que no vamos a llegar a todos;  él no llegó a todos, quería, pero era imposible, estaba condicionado por su naturaleza como nosotros lo estamos. Pero nos necesitamos los unos a los otros. Y entonces su mirada, ¿cómo veía Jesús cuando le compadecía esta situación? Miraba a su Padre, al dueño de la mies, se acordaba él que tenía un Padre, y que ese Padre tenía que suscitar más trabajadores, más operarios, más pastores. ¿Cómo vemos nosotros? ¿Cómo vemos a nuestra sociedad? ¿Con qué ojos? ¿Con qué esperanza? ¿Con qué confianza? ¿La miramos desde nuestro individualismo o la miramos desde nuestro ser Iglesia y nos comprometemos con ese ser Iglesia, para que haya trabajadores en la viña del Señor? Esa es la pregunta que nos deja el Evangelio y que cada uno tiene que responder. 

Pidámosle aquí, como les decía al inicio de la Eucaristía, que nos renueve para ser una Iglesia misionera con muchos trabajadores que sean operarios de esta mies. Que así sea. 

 

+ Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla