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Homilías

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

mayo 31, 2018

Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi

Agradezco la bondad de Mons. Efraín Mendoza Cruz que me permite presidir esta Eucaristía. Les agradezco a ustedes, queridos hermanos sacerdotes, que compartan conmigo este momento de gracia. Queridos hermanos y hermanas, al celebrar hoy el misterio del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, les invito a recoger en tres actitudes o tres palabras algunos elementos de lo que la liturgia nos ofrece. 

En primer lugar, la primera lectura nos recuerda una situación muy común de la persona humana: el olvido. El ser humano, por naturaleza, tiende a olvidar. De los eventos, de los acontecimientos, de las intervenciones de Dios y de nuestro prójimo sólo algunas quedan grabadas en nuestra memoria y todavía menos quedan grabadas en nuestro corazón. Y si aún revisamos qué cosa queda grabada, desafortunadamente casi siempre quedan grabadas cosas, situaciones, actitudes y comportamientos negativos. Nos cuesta mucho guardar memoria de las cosas buenas, de las personas nobles, de las actitudes bondadosas, de las bendiciones que se manifiestan a lo largo de nuestra vida continuamente, es una debilidad del hombre. Esto es lo que mueve a Moisés a buscar una forma de que el pueblo no olvide los grandes acontecimientos que Dios ha realizado en favor de ellos. Nuestra memoria necesita signos, nuestra memoria necesita elementos que nos recuerden y, sobre todo, que nos recuerden la bendición. ¿Cuál es la consecuencia de no tener memoria? La consecuencia de no tener memoria es perder el sentido de nuestro origen, la raíz de nuestra vida, la continuidad de nuestra existencia. La consecuencia de no tener memoria es perdernos en la inmediatez de lo cotidiano, pero todavía peor, el no tener memoria nos convierte en personas ingratas. ¿Qué cosa agradecemos si no recordamos? ¿Cuándo vamos a agradecer si hemos olvidado? Por eso el Santo Padre, Francisco, hoy nos insiste mucho: “Nosotros somos Iglesia, somos pueblo de Dios y tenemos que conservar la memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros”.

Recordar es la segunda palabra que nos ofrece la sagrada escritura, “recuerda”. ¿Qué cosa es recordar? Recordar es, no solamente traer a la memoria o a la mente, sino volver a colocar en el corazón, volver a colocar en el corazón las gracias, las bendiciones, las alegrías, los auxilios, no solamente los que vienen de la bondad del corazón de nuestro prójimo, sino, sobre todo, lo que viene del amor misericordioso de nuestro Padre Dios. Es una palabra recurrente: “recuerda, Israel”, así le hablaban los profetas al pueblo de Dios; “recuerda”, decía Pablo a sus comunidades, “recuerden”. Celebrar la fiesta de Corpus Christi es recordar y el signo de la Eucaristía es el medio por el cual la Iglesia recuerda, vuelve a poner en su corazón. 

El cristiano recuerda. ¿Qué cosa recordamos? Recordamos el Misterio Pascual de Jesucristo, nuestro salvador; recordamos en primer lugar a Dios, en un mundo donde se ha olvidado o por lo menos lo relegamos en un segundo plano, lo ponemos en una condición de auxilio extremo para necesidades muy específicas. La Eucaristía nos recuerda que somos amados de Dios; la Eucaristía nos recuerda la encarnación de Dios en Cristo; la Eucaristía nos recuerda qué tanto nos ha amado Dios que nos entregó a su hijo, y que su hijo nos ha amado de tal manera que se ha entregado en la cruz por nosotros y por nuestra salvación. Recordamos que somos pueblo, porque, como enseñan los santos padres, especialmente San Ireneo, así como el trigo que está disperso por los campos se reúne y se convierte en un solo pan, así todos aquellos que hemos recibido la gracia del bautismo, hemos sido constituidos un solo pueblo, un solo cuerpo, en Jesucristo nuestro salvador, en un mundo que no solamente olvida a Dios, sino un mundo marcado por el individualismo, el egoísmo, por la indiferencia, incluso por el conflicto y la violencia. Nosotros como Iglesia hoy recordamos, y siempre que nos ponemos de rodillas ante Jesús sacramentado, que somos pueblo, que somos hijos, que somos hermanos, que somos corresponsables los unos de los otros, que la sangre de mi hermano es responsabilidad mía en la presencia del Señor.

Qué hermoso misterio el que hoy celebramos pero también recordamos, en la presencia de Jesucristo resucitado, que estamos llamados a ser partícipes del banquete celestial, que este mundo en el que vivimos no es definitivo, en un mundo en el que se manifiesta como apegado a los bienes temporales, a las situaciones concretas de esta vida, a la conflictividad y que causa tanto sufrimiento en los corazones. La sagrada Eucaristía nos abre el horizonte de la eternidad y vuelve a poner en nuestro corazón la esperanza, la esperanza cierta, porque Cristo se ha entregado por nosotros, de participar en el banquete del cielo. 

A pesar de las dificultades, a pesar de nuestras inconsistencias, a pesar de nuestros pecados, la Eucaristía nos recuerda: “Dios te ama, tú eres hijo; eres parte del cuerpo de Cristo, eres pueblo santo de Dios y tienes un lugar en el cielo”. Esto es lo que hoy y todos los días, cuando celebramos la Eucaristía, cuando nos acercamos al Santísimo Sacramento en la reserva Eucarística, esto es lo que vivimos, esto es lo que experimentamos, esto es lo que recordamos, en ese pequeño pan, cuerpo verdadero de Jesucristo, Nuestro Señor, la Iglesia anuncia, proclama y disfruta esta verdad de su fe. 

Por eso hoy en todo el mundo, como iglesia de Cristo, agradecemos, como Iglesia de Cristo nos alegramos, como Iglesia de Cristo, suplicamos: “Señor, danos la gracia y la alegría de recordar siempre tu presencia en la sagrada Eucaristía, danos la paz de quien camina en este mundo de tu mano, en tu presencia, bendecido por ti. Danos, Señor, la fortaleza y sobre todo la gracia de llevar esta verdad en nuestro corazón y de proclamarla con nuestros labios”.

Que así sea.

 

+ Jorge Cuapio Bautista

Obsipo Auxiliar de Tlalnepantla

Arquidiócesis de Tlalnepantla