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Homilías

TOMA DE POSESIÓN EN LA  PARROQUIA DE SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL

agosto 08, 2017

“María y Aarón criticaron a Moisés porque había tomado por esposa a una mujer extranjera”. (Nm 12, 1)

 

“María”… ¿quién era ésta María? Hermana de Moisés. Seguramente recuerdan ustedes el pasaje del libro del Éxodo en que a causa del decreto del Faraón todo varón nacido de mujer hebrea tenía que morir. María, por encargo de su madre, lleva al bebé en una canastilla de mimbre al río Nilo, para buscar que una mujer egipcia pueda adoptarlo y salvarle la vida. María estuvo pendiente mientras  esto sucedía  y cuando vio que la hija del Faraón lo aceptaba con cariño, se presenta ante ella y le dice: “¿quieres que te consiga una nodriza para que alimente a este bebé?” (Ex 2,7) La hija del Faraón le dice “sí”. (Ex 2,8)  y así sucede: salva la vida Moisés gracias a María. Quiere decir que amaba entrañablemente a su pequeño hermano Moisés. ¿Por qué ahora esas críticas?, y ¿quién es Aarón? Aarón es el hermano que Dios le da a Moisés para que hable en su nombre, porque Moisés era tartamudo, y cada vez que iban a ver al Faraón para que dejara libre a su pueblo de la esclavitud de Egipto, era Aarón el que tomaba la palabra. Posteriormente es constituido el primer Sumo Sacerdote del Pueblo de Israel, por manos de Moisés. 

¿Por qué entonces estas críticas de los dos hermanos que tanto querían a Moisés? ¿Les suena familiar?, ¿Pasará en alguna familia esto de que los hermanos entre sí, después de haberse educado juntos, con sus padres, como familia, haya críticas? ¿A qué se debe?
Según el texto, la causa es que el papel relevante de Moisés ha venido a causar envidia entre Aarón y María. Su hermano ha crecido demasiado; es el gran líder, es el hombre clave de la libertad del pueblo y sin duda la más alta autoridad. Fíjense lo que dice el texto: “María y Aarón decían: ¿Acaso el Señor le ha hablado solamente a Moisés? ¿Acaso no nos ha hablado también a nosotros?” (Ex 12,2). ¿No estamos pues en la misma condición? ¿Por qué éste ahora se cree mucho? ¿Por qué ahora todo el pueblo lo toma como la gran autoridad?  ¿Y nosotros, qué?

La envidia, la terrible envidia, que al entrar en el corazón del ser humano corroe toda relación por más raíces que tenga. Es la más destructiva de los pecados capitales. Por eso, a la envidia hay que tenerle mucho, mucho cuidado. 

¿Qué más dice el texto? La voz del Señor afirma: “Moisés y yo hablamos de cara, faz a faz. En cambio con otros hablo mediante visiones, sueños. (Nm 12, 6-8). Ésta es la raíz  de la envidia, la confianza que manifiesta Dios en Moisés. Con esa relación estrecha con Dios, Moisés creció como una gran autoridad, no sólo porque asumió el poder de gobernar al pueblo, sino porque era amado por su pueblo. Eso se llama autoridad moral.  Nadie la otorga, ¡se gana por lo que uno hace en favor de los demás! Y además Moisés, como dice el texto, era el hombre más humilde de la tierra. Cuando una persona se adentra en su relación con Dios y en su intimidad con él, crece su espíritu y se hace un hombre fuerte, se hace una persona que manifiesta con claridad la capacidad que tiene, la visión, las relaciones con los demás, es una persona amiga de los demás. Pero entre los cercanos que lo han visto nacer desde niño, como es el caso de Moisés con Aarón y María, no acaban de entender y aceptar que la relación con Dios ha crecido más en Moisés que en ellos, y así surge la envidia.

Hoy ante esta Palabra de Dios, quisiera que lo tuvieran muy en cuenta, en particular los sacerdotes que formarán esta Unidad Pastoral. Unos tienes unas cualidades y otros otras. Todos son hombres al servicio del Señor, por eso pidamos para que no entre nunca la envidia en sus corazones, pero además también entre todos los que les van a ayudar: el EPAP, el Consejo Pastoral Parroquial, también con todos los que ayudan con estructuras de servicio o que forman parte las pequeñas comunidades. Siempre en nuestro entorno más cercano, cuando nosotros crecemos interiormente gracias a nuestra relación con Dios, suscitamos la envidia de otros que están cerca de nosotros. Sea que seamos aquellos que han crecido, sea que seamos aquellos que vemos a otros crecer, la Palabra de Dios nos advierte hoy: ¡estén alerta! ¡Nunca dejemos entrar la envidia!. Recordemos siempre que todos estamos llamados a crecer en la intimidad con Dios, nadie está excluido y, si yo todavía no he desarrollado suficientemente esa relación, Dios la está esperando contigo. Nadie tiene que tener envidia de sus hermanos, todos somos amados por Dios. 

El Evangelio de hoy nos da la clave. Fíjense cómo dice el texto del Evangelio en esta hermosa escena en que Pedro se lanza al agua cuando reconoce la voz de Jesús en ese fantasma que aparece caminando sobre el agua, y le dice: “¡Señor, si eres tú… llámame!”. Jesús le dice: ¡Pedro, ven! (Mt 14,28-29). Y Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús, pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” (Mt 14,30). También nosotros, quizá en la primera intención que hacemos de crecer en nuestra amistad con Dios, le decimos: ¡Sí Señor, aquí estoy! ¡llámame!, estoy dispuesto. Pero luego, la fuerza del viento, es decir, las circunstancias que nos rodean, nos infunden miedo de no cumplir lo que el Señor nos está pidiendo. ¡Ven Pedro! ¡camina sobre el agua, ven!, nos dice a cada uno de nosotros.  Sé luz en medio de las tinieblas en que vivimos en estos tiempos de nuestra sociedad. ¡Sé  modelo, te estoy llamando a ti! Pero las circunstancias nos abruman, nos parece imposible, que yo esté caminando sobre esta agua… y me hundo. ¿Dónde está entonces la clave? Como Pedro, hay que decirle: ¡Sálvame, Señor! (Mt 14,30). Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: ¡hombre de poca fe! ¿por qué dudaste? (Mt 14,31). 

Jesús siempre va a estar para darnos la mano, nunca nos va a dejar hundirnos, si lo buscamos. Eso es todo lo que tenemos que hacer: llamarlo, tener confianza en él, y superaremos cualquier tentación que nos abrume, cualquier miedo que entré en nuestro corazón intentando impedir la misión, a la que el Señor nos llama, tanto en el nivel personal como en el comunitario, como en el eclesial. 

Pidámosle hoy al Señor no sólo por nuestros sacerdotes que nos acompañan y los que van a hacer realidad la unidad pastoral, sino por todos ustedes, por cada uno de nosotros, que sepamos buscar al Señor, saber que nos tiende la mano, y que cuando sintamos hundirnos o en las olas de la envidia o de otra naturaleza, sepamos salir adelante. ¡Que así sea!

 


+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla