HOMILÍA EN EL XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Imagen de la homilía

«Que te alaben, Señor, todos los pueblos», decíamos en el salmo responsorial.
Que te alaben, Señor, todos los pueblos; que cada uno de nosotros sepamos alabarte [00:09].

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

A todos les saludo como padre y pastor en este domingo [00:23]. También hoy está concelebrando el padre Diego, que estuvo aquí también hace tiempo ayudando algunos domingos como diácono [00:36]. Saludo también a todas las personas que siguen esta Eucaristía a través de las redes sociales, a través de los medios electrónicos: que la palabra de Dios nos ayude para fortalecer nuestra fe de cada día [00:51].

Hoy hay dos enseñanzas que nos da el evangelio y que, de una manera muy sencilla, la transmito para que nosotros nos confrontemos y pensemos, primeramente, cómo está nuestra fe y también revisar nuestra oración [01:03].

Recordarán el pasado domingo en el evangelio esa escena impactante cuando Jesús camina sobre el agua en el mar de Galilea, y que Pedro... Primeramente se asustan los discípulos que iban en la barca, y Pedro le pide que vaya hacia él y le dice: «Ven» [01:30]. Y Pedro empieza a caminar en el agua, pero de repente dudó; y, al dudar, se empezó a hundir, y Jesús le da la mano para sacarlo [02:08]. Quería decir que Pedro todavía su fe necesitaba purificarse: creyó en Jesús, pero a la vez dudó [02:20].

Y precisamente hoy, esta mujer cananea, extranjera, de la cual nos habla el evangelio, nos enseña que era una persona que tenía una fe profunda [02:38]. El evangelio lo escuchamos con atención y vemos cómo Jesús andaba en una región, en la región de Tiro y Sidón, y le salió al encuentro una mujer [02:51]. No era judía, era cananea, era extranjera, y tenía una gran pena esta mujer porque su hija tenía un demonio y sufría terriblemente [03:09]. Siempre que una hija sufre, la mamá está muy preocupada y le duele [03:25]. Entonces, había escuchado ella acerca de Jesús, que era de la dinastía de David, y por eso le dice: «Hijo de David» [03:41]. Le quería compartir su problema, su angustia [03:55].

Y Jesús... curiosamente, yo creo que es para dar una enseñanza, o él, que siempre era tan atento con los necesitados, pero ni caso le hizo [04:04]. No le hizo caso, de tal manera que la mujer seguía, seguía gritando, y ya los discípulos, un poquito cansados, desesperados, le dicen a Jesús: «Atiéndela» [04:17]. Y Jesús sigue su camino [04:23]. Era como cuando —¿recuerdan?— el primer milagro que hizo Jesús allá en Caná de Galilea, entre paréntesis, cuando se terminó el vino y María va y le dice: «Hijo, se terminó el vino» [04:34]. De repente Jesús dijo: «Bueno, a mí ¿qué?, todavía no llega mi hora», una respuesta un poquito fuerte [04:44]. Pues así también no le hacía caso a la mujer [04:55].

Pero la mujer tenía fe, y se postró y le dijo: «Señor, mi hija está enferma» [05:07]. Y entonces Jesús le dice unas palabras también desconcertantes, porque dice: «El pan no se le da a los perritos», como diciendo: «El pan solamente es para los judíos y tú no eres judía» [05:21]. Pero tuvo una excelente respuesta la mujer —tal vez otro se hubiera ofendido, se para, se va y ya— y le dice: «Pero también los perritos comen del pan que cae de la mesa de los amos» [05:31]. Y entonces Jesús le dice: «¡Qué grande es tu fe! ¡Qué grande es tu fe! Desde este momento tu hija queda curada» [05:54].

Pensemos nosotros cómo está nuestra fe [06:04]. Hay veces que nosotros le pedimos algo a Dios y —a veces depende la petición, siempre Dios nos da lo que nos conviene— pero a veces hasta negociamos, ¿verdad?, con Dios: «Si tú me haces este milagro, yo te pago», ¿verdad?, «yo hago una peregrinación, yo me voy en una procesión» [06:17]. Es decir, a veces regateamos la fe, y esta persona fue firme, de tal manera que es un ejemplo para nosotros de que la fe significa confiar: confiar en las buenas, en las malas, en la salud, en la enfermedad; tener confianza en Dios [06:35].

Y el otro punto es la oración [07:02]. La oración también es insistente: esta mujer insistió, insistió, y el Señor le concedió su deseo [07:11]. El Señor nos dice... aquel ejemplo que nos ponía de aquella persona que tocaba a una hora no muy oportuna en la casa y pues la persona que estaba dentro no le abría, pero después de que le insistió mucho, abrió [07:30]. Y dice Jesús: si nosotros sabemos dar cosas buenas, con mayor razón Dios nos concede a nosotros los bienes [07:53].

Le pedimos en esta misa, queridos hermanos, que nos parezcamos a la cananea, a esta mujer; que crezcamos en la fe y también que nuestra oración sea una oración insistente al Señor [08:05]. Que no nos desanimemos, sino siempre confiemos en el Señor [08:16].

Así sea [08:16].

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla